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Fecha Actualizada el domingo, 21 de mayo de 2017  Hora 21:49
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Ficción rojiblanca

El mercancías diésel

AutorEL FILIGRANAS

Fecha23 de marzo de 2007

PRIMER CAPÍTULO


Don Ciccio... este insigne siciliano se compró hace año y pico un tren de gasolina para competir con el antiguo MERCANCÍAS DIÉSEL del vecino. Era algo nuevo en la ciudad.

Mucha gente se subió en él para probarlo: "¡acelera piu di ninguno, ma vente a probare!" pregonaba Don Ciccio, mientras empezaba a salir de la estación despacio. De manera que cogió unos metros de ventaja: tan nuevo y reluciente, tan veloz...

El diésel, sin embargo, siguió su camino con su enorme motor de 20 cilindros y sus viajeros de siempre.

Por vías paralelas, ambos trenes rodaron dejando pasar los kilómetros.

El tren de Don Ciccio gastaba como su puta madre y comenzó a pestañear en rojo el indicativo de combustible. Su velocidad empezó a bajar y algunos avispados decidieron apearse en marcha. El maquinista, no obstante, lo aceleraba cuesta abajo para seguir impresionando a las autoridades que iban montadas en él (alcaldes, concejales, algunos periodistas, etc.); pero no hubo más remedio que ir quitando cada vez más velocidad. Las autoridades pidieron bajar un momento al campo con la excusa de mear y no volvieron (los políticos, ya se sabe...)

El ANTIGUO MERCANCÍAS DIÉSEL llegó a su altura al poco rato.

De hecho, los viajeros de Don Ciccio comprobaron que ya no parecía tan antiguo. Sus PROPIOS PASAJEROS se habían entretenido en pintarlo reluciente y a su locomotora le habían cambiado el aceite del motor: ¡DABA GLORIA VERLO! Lo conducía un MAQUINISTA JÓVEN de Madrid.

Hubo una desbandada en el tren de gasolina, en el que sólo quedaron los familiares de los maquinistas y de Don Ciccio. El resto se bajó o saltó hacia el diésel, llegando algunos a montarse en sus vagones y otros... simplemente se pegaron su buen hostión y rodaron por el campo.

Lo más triste, cuando EL RELUCIENTE MERCANCÍAS DIÉSEL iba ya a sobrepasar al gasolina para siempre jamás, fue ver como Don Ciccio y sus maquinistas intentaron ASALTAR a la locomotora del DIÉSEL: "dejadnos da entrare, sappiamo per condurli questa macchina ed tenemos molto euri per pintare otra vez, capicce?". "Nosotros también tenemos dinero y ya está pintado" contestó el MAQUINISTA, CERRÁNDOLE la puerta. "¿Ma per quéééé...? gesticuló iracundo Don Ciccio haciendo equilibrios para no caerse". "En los vagones no tendremos problema, viaja gente del pueblo" le consolaron los oficiales del gasolina con el retintín que da el creerse superior por el dinero.

¡Oh!, sorpresa... Los de los vagones no tenían tantos euros como este siciliano... pero sí TENÍAN MEMORIA.

Estaba el frutero, al que Don Ciccio había cerrado el local para abrir otro al lado; estaba el panadero, a quien este siciliano había echado del trabajo a su hijo para meter a su sobrino; también el mecánico, al que Don Ciccio había llegado a amenazar con quemar su negocio si no arreglaba su coche gratis...

No pudo entrar en ningún vagón... mientras su flamante tren de gasolina se paraba definitivamente en la vía, sin viajeros.

Don Ciccio puso pie a tierra, desolado, mientras veía alejarse con paso firme al MAJESTUOSO MERCANCÍAS DIÉSEL. Se consolaba pensando que algún día también se le acabaría el gasoil y gesticuló vengativo indicándoselo a los que se despedían de él por las ventanillas... pero fue cuando oyó a un pasajero del último vagón que le gritaba en la distancia:

"¡GILIPOLLAS, 20 de los 50 vagones que tenemos son de COMBUSTIBLE!"



SEGUNDO CAPÍTULO


  • "¡Todos los industriales del pueblo y los políticos que ya saben al treeeeen!" –gritaba Panucci, el jefe de estación de aquel pueblo siciliano; el mismo que ya no anunciaba los horarios de salida del diésel de toda la vida, desde que Don Ciccio se comprara su flamante tren de gasolina. Era algo que sorprendió en su momento a los pasajeros de toda la vida del diésel, pero que habían asumido ya y suponían el porqué.

El tren de Don Ciccio esperaba humeante a reemprender la marcha. Había decidido alcanzar como fuese al Gran Mercancías Diésel y le había instalado un motor tres veces más grande con turbo, junto a unos enormes vagones de gasolina. Se había buscado para ello un socio: Don Salvatore, un prestigioso y ambicioso abogado del pueblo que había tenido una locomotora de vapor, poseía varias gasolineras y quería conducir un tren de mercancías.

Panucci apuraba sus arengas a los que quería convencer para subir al tren de Don Ciccio:

  • "Subid, subid: el viejo tren va a unirse a Don Ciccio. Ya sabéis que no caben dos trenes en el mismo pueblo".
  • "¿Pero cómo que va a unirse?" -contestaba desconfiada la gente-.
  • "Ellos nos lo han pedido, están deseándolo, telegrafiaron hace poco diciendo que querían más velocidad y todos sabemos cómo se desvive por ayudar a su pueblo Don Ciccio. Subid, subid: va a hacerles el favor de buscar la unión en un solo tren" –contestaba muy ufano Panucci-.

Sólo unos pocos viajeros subieron... y hubo que pagarles. Con ellos, varios empresarios y algún político.

Sonó el silbato de partida.

El potente tren de gasolina salió de la estación y alcanzó tal velocidad en pocos metros que daba miedo verle. Tan veloz iba en su alocada carrera hasta alcanzar al diésel, que atropelló a varias vacas, perros y ovejas que comían la hierba de la vía. Algo que nunca había hecho el diésel, puesto que su justa velocidad y su pitido de aviso habían sido históricamente suficientes para no provocar desgracias en sus viajes.

  • "E cosa di neccesario" –decía Don Ciccio a sus pocos viajeros, asustados por los atropellos– "Per ottenere un obiettivo... ¡a volte che é necessario da olvidare di los medios!, je, je".

Pasaron los días y los días.

Hasta que una mañana, se divisó un enorme tren que subía despacio una colina en la distancia: ERA EL MAJESTUOSO MERCANCIAS DIÉSEL.

Don Ciccio llegó hasta él y empezó a gritar que sólo quería hablar, que le dejaran pasar un momento. Inmediatamente le reconocieron los pasajeros del diésel y avisaron a su maquinista enfadados, pero éste accedió a dejarle entrar a él y a Don Salvatore para ver qué querían.

Al llegar a la locomotora, y tras recibir varios insultos de los viajeros al pasar por los vagones, Don Ciccio quiso sentarse en el puesto de mando; pero el joven maquinista madrileño del diésel se lo impidió con firmeza:

  • "Esa silla es muy cara y hecha a mi medida, me la han facilitado mis viajeros: Vd. pesa el triple que yo y no querrá romperla ni pagarla después, ¿verdad?"
  • "Va bene..." –respondió sonriente Don Ciccio dándole unas palmaditas en la espalda, como a un nieto-.

Buscó otra silla... pero sólo estaba la del maquinista en toda la locomotora.

Tomó la palabra Don Salvatore, que sabía español:

  • "No caben dos trenes en el pueblo y tú deberías saberlo aunque no seas de aquí. El nuestro corre más y el tuyo gasta menos y tiene más viajeros, debemos unirlos en uno solo".
  • "In piu" –apostilló Don Ciccio poniendo cara de santo– "¡tutto é dal bene dil pueblo!".

El maquinista del diésel pareció reflexionar un instante.

  • "Y según Vds., ¿qué locomotora llevaría el tren definitivo y quién la conduciría?" –preguntó-.

Don Salvatore intervino:

  • "La nuestra. Es más moderna. Debemos conducirla nosotros porque la conocemos mejor".
  • "Ya..." –respondió pensativo el maquinista– "...pero gasta mucho más, se avería y aquí la gente quiere llegar lejos".
  • "¡¡Ma tenemo molto euri!! Possiamo usarli per favore di este tren... ¡¡o in contro!! ¿Capicce...?" –espetó empezando a enfurecerse Don Ciccio.
  • "Abriríamos nuevas rutas..." –suavizó Don Salvatore–. Compartiríamos la misma vía y ahorraríamos costos...
  • "Dejen de gastar su dinero en un tren de gasolina entonces" –interrumpió el joven maquinista con gran tranquilidad, sentado en su silla de mando–. Un tren ha de ser diésel para que llegue siempre, tener un gran motor que nunca falle y muchos viajeros que paguen su billete. Sólo así se abrirían rutas más lejanas y habría cada vez más viajeros. Lo lógico es que Vds. tiren su tren y se suban a éste, si quieren, o que sigamos como estamos. Eso sí, pagando su billete como todos. Aunque también les permitiría que ayudasen a su mantenimiento, ya que tanto les preocupa. Vds. serían nombrados fogoneros, guardagujas..."
  • "¡¡¡ Maldiccione !!! ¡¡¡ Da mille diabolo !!! ¡Mi tren non lo perdo, é stato a me costoso! ¡¡¡ Ma questa persona loca !!! –vociferó Don Ciccio como implorando justicia divina-, ya perdidos definitivamente los nervios.
  • "Estás rechazando la ayuda de gente muy influyente. Eso puede ser poco conveniente para el futuro de tu tren..." –musitó con tono amenazador y media sonrisa de pistolero Don Salvatore-.

Hubo un silencio y miradas de hierro.

  • "Tengo una idea" –propuso por fin el joven maquinista madrileño–. "Puesto que el tren lo conduzco yo, pero no es mío, díganselo a mis pasajeros y que voten. Si dicen que sí, trato hecho".

Don Ciccio no supo qué responder, le daba miedo la propuesta, pero su socio Don Salvatore aceptó por los dos y se lo llevó del brazo.

  • "Pan comido" –le susurró al oído– "déjame hablar a mí, ya sabes..."

Una vez reunidos los pasajeros en un vagón, y utilizando los altavoces para que todo el mundo les oyera, Don Salvatore empezó su arenga:

  • "Queridos viajeros. Es un honor para mí y para el benefactor de vuestro pueblo, Don Ciccio, pediros vuestro voto para que sólo haya un tren en el pueblo. Ganaríamos velocidad, llegaríamos más lejos, pondríamos cine en los vagones..."
  • "Un telegrama para Don Ciccio" –interrumpió el telegrafista–. "¿Ma che telegramma di merda ora...?" –respondió perplejo éste-.

Viendo su sorpresa e intrigados por el telegrama, los viajeros cogieron el papel y lo leyeron.

Decía:

"Deseando haya ya engañado a esos inocentes borreguitos para poder quedarse con su apestoso tren de gasoil, stop, espero ansioso su regreso para poder ver cómo cumple su promesa de tirarlo al río haciendo una fiesta, stop, y quedarse Vd. con el único tren de la ciudad para subir el precio del billete al doble, stop. Por otra parte, me haría falta me pagara lo prometido por pregonar las bondades de la unión de trenes por todo el pueblo, stop. Firmado: su fiel servidor, jefe de estación Panucci".

La paliza que recibieron Don Ciccio y Don Salvatore fue de las que no se olvidan jamás. Dantesca, un linchamiento jamás visto. Incluso algunas señoras mayores campesinas, a falta de más "armas", llegaron a darles latigazos con ristras de ajos.

Después, fueron devueltos a patadas a la locomotora del tren de gasolina que marchaba detrás pegada, con tan mala fortuna que el puro de Don Ciccio provocó la explosión del principal depósito de gasolina.

Todo voló por los aires... ¡Puuuuuuuum...!

Pasados unos días, Don Ciccio y Don Salvatore llegaron arrastrándose a la estación de este pueblo siciliano de donde salieron. Llenos de moratones, con la ropa destrozada, el pelo alborotado, sucios como mendigos... Alguien les reconoció y les preguntó qué tal había ido la negociación con el mercancías diésel.

Quitándose la venda de sus labios partidos y sacudiéndose el polvo, Don Ciccio contestó:

  • "MA NON CI VEDI, SEI CIECO? È STATA UNA GRAN VITTORIA, BELLISSIMA!!!"
    [ Traducción: "¿es que no lo ves, estás ciego? ¡Ha sido una gran victoria, la más bella!" ]



TERCER CAPÍTULO


El mercancías diésel seguía su camino por la vía "seccondabe", adaptada a su anchura y peso. Llevaba unos kilómetros por la parte más dura de su ruta, con constantes subidas de lomas y colinas que ralentizaban su marcha. El maquinista, tras consultar su hoja de ruta, decidió empezar a hacer paradas por diversas estaciones para descansar al pasaje, consultar notificaciones, revisar la locomotora, acoger nuevos viajeros, etc.

La primera estación, "VIA CCERO", le recibió con pancartas de apoyo a la unión de trenes de su pueblo y con su correspondiente jefe de estación, Pietro, megáfono en ristre gritando que era necesario el dinero del tren de gasolina de Don Ciccio para que el diésel tuviera futuro. Además, acusaba al maquinista de no ser italiano, haber hecho viajes de placer en el pasado, no informar a sus oficiales de sus reuniones con otros maquinistas, etc.

La sorpresa fue mayúscula.

Muchos pasajeros decidieron no bajar a descansar, sorprendidos del extraño "recibimiento". El maquinista no salía de su asombro y decidió no prolongar la parada, a pesar de que se estaba dando cuenta que su tren iba a necesitar en breve baterías nuevas. Habían sido compradas recientemente, pero por alguna extraña razón se habían descargado demasiado rápido...

En la segunda, "VIA NONI", todo el andén lo encontró repleto de periódicos abiertos por la misma página y octavillas tiradas. Curiosos, algunos pasajeros comprobaron que se podían leer artículos que defendían encarnizadamente a Don Ciccio como el mayor benefactor de su pueblo y con un tren mucho más moderno que el gran mercancías diésel. Incluso, atacaba en cierta manera a sus pasajeros por no viajar en el tren de gasolina, dando la espalda al progreso tecnológico de la comarca e ironizando sobre su fidelidad a un tren con 75 años.

Aturdido, nuestro maquinista madrileño quiso tomarse algo en la coqueta cafetería de la estación, llamada "CAJACAFE"... pero se le contestó absurdamente que "no quedaba", mientras comprobaba como sí se lo servían a otras personas.

Enfadado, ordenó la marcha de nuevo.

Subiendo empinadas colinas y con los víveres escasos, se decidió la tercera parada, esta vez en la estación "VIA GIRONNI". Ya antes de llegar a la misma, altavoces repartidos por todos los postes de señalización arengaban a todo el que los escuchase contra el maquinista del diésel y a favor de Don Ciccio una vez más, llegando incluso a asegurar que el siciliano tenía ya unos terrenos comprados para construir la estación de tren más moderna y flamante que se pudiera imaginar. Dichos altavoces se multiplicaron al parar en la estación, ensordeciéndolo todo, exhalando improperios hacia unos supuestos planes del maquinista del diésel de perseguir otros negocios en el pueblo distintos a los ferroviarios. No obstante, el madrileño y su primer oficial, Fabrizio, decidieron entrar en los talleres de la estación a preguntar por unas baterías nuevas de locomotora, ya que parecía que las actuales no aguantarían muchos más arranques.

  • "Por orden de Don Salvatore, no podemos vender nada de maquinaria" –le contestó un muchacho-.
  • "Pero ¿cómo? ¿¡Qué tiene que ver Don Salvatore!? –exclamó enfadado el maquinista madrileño–. Voy a pagártelas, mi tren las necesita y llevo muchos pasajeros"...
  • "Lo siento, señor" –contestó–. Don Salvatore compró ésta estación y nos ha prohibido venderle nada".

No sirvieron tampoco las protestas de los viajeros en la cantina: no pudieron comprar bebida ni comida. Se les decía que había órdenes expresas en contrario y que desobedecerlas podría ocasionarles a ellos el despido.

Tuvieron que reemprender la marcha de vacío, aunque ya esta vez costó muchísimo que arrancara el motor debido a la poca electricidad que le quedaba a las baterías.

  • No podremos volver a parar –comentaba preocupado en la sala de mando de su locomotora el maquinista, dirigiéndose a Fabrizio–. Y nos esperan las peores colinas que subir.
  • Tranquilo. Estamos a punto de llegar a una gran zona de control llamada SECCONDA VOLTA, donde desembocan todas las vías. Después, todo será cuesta abajo o en llano –contestó éste–. Los alternadores del motor podrán cargar al máximo las baterías y habremos solucionado el problema del arranque. Además, entraremos en otra región donde no llegan esos mafiosos y no habrá inconveniente en comprar víveres o lo que haga falta.

El tren de mercancías, pues, continuó atravesando laderas, colinas y prolongadas subidas durante unas cuantas horas más, con las baterías gastadas y repleto de viajeros sedientos y hambrientos. Hasta que, a lo lejos, se vislumbró un gran nudo de vías que se entrecruzaban entre ellas junto a una caseta de estación en mitad de un bonito pueblo: era la zona de control de trenes SECCONDA VOLTA.

Nuestro tren llegó hasta allí y fue instado a detener motores por un guardagujas.

  • ¡No podemos parar, vamos sin batería para el arranque! –protestó el maquinista-.
  • Es imprescindible, señor. Tenemos que verificar sus documentos, el pasaje y dejar que circule otro tren que viene en camino. Luego le ayudaremos a arrancar.

El mercancías diésel se detuvo y paró motores.

Acto seguido, el guardagujas, en lugar de hacer lo prometido, echó a correr y se escondió en las casas cercanas de una forma sospechosa... Al momento sonó un agudo silbato: otro tren apareció a corta velocidad entonces, viniendo por la vía "tercerola" de ancho corto y se paró justo en la confluencia de direcciones de todos los andenes.

Era el tren de gasolina de Don Ciccio, sorprendentemente reparado otra vez y con el siciliano a la cabeza de la locomotora, saludando brazo en alto.

  • "Sono venuto ai salvaros, ¡io sempre penso per la gente della mia citta!" –gritó jovial mientras bajaba de su tren, contemplando a los viajeros asomados por las ventanillas del diésel-. Éstos le insultaron sin miramientos, pero no pareció importarle mucho a Don Ciccio.
  • "Bah, che lástima mirare al vostro anticcuo trene arrestato e senza battería... -siguió éste, complacido, bajando de su tren–. "Il decidle al vostro macchinista que il mío e ancora nuovo. ¡Lo vedete la brillante! ¡¡Uniamo trene!!"
  • "Te avisé que aceptaras la unión –murmuró Don Salvatore, que venía andando desde la caseta del guardagujas, mirando al maquinista del diésel con su flamante traje a rayas rojas y verdes y su sonrisa de cocodrilo–. No contabas con que tu tren se quedara sin baterías, ¿eh?"
  • "Mis pasajeros os contestaron muy claro la última vez –replicó el madrileño- ¿Y cómo es que sabéis que mi tren tiene las baterías descargadas...?"
  • "¡Trene feo e lento!" –interrumpió Don Ciccio riéndose-. "¡Non buscare giustificazioni! Tutto il estan in accordo con me, radio, stazioni, periodico... Io sere buono con voi e li ayudare. ¡Uniamo trene ancora!"

La gente de los alrededores empezó a salir de sus casas, curiosos. Se situaron alrededor de los dos trenes, poco a poco, escuchando y viendo todo lo que sucedía, hasta formar una muchedumbre de miles de personas que observaban en silencio.

  • "No tienes elección" –sonrió de nuevo Don Salvatore-. "Tu tren no va a arrancar y tu gente necesita llegar a su destino. Por esta vez les cobraremos una entrada simbólica..."

Don Ciccio se sentía cada vez más victorioso y quiso apuntillar.

  • "¡E il momento! Stiamo metera la mia locomotiva al vostro trene e anticcua va fora. ¡¡E il mio macchinista conducce molto bene!!"
  • "Te he traído unos contratos para que los firmes y no estorbes más al progreso de nuestro pueblo confundiendo a la gente con que tú tienes más historia y llegas más lejos" –masculló orgulloso Don Salvatore, extendiendo una carpeta hacia el joven maquinista del diésel–. "Toma una pluma y firma, venga. Ya te daremos algo bajo cuerda..."

Los pasajeros clavaron su mirada en el madrileño, nerviosos y expectantes sobre su decisión. Fueron unos largos segundos de tensa espera.

  • "¡Lo que vais a ver es otra cosa!" –gritó el susodicho maquinista tirando la carpeta de Don Salvatore al suelo, bajando de su locomotora y pidiendo a sus pasajeros que hicieran lo mismo–. "¡Venid conmigo, venid todos!"

Todos los viajeros hicieron caso a su maquinista y bajaron del tren. Hombres, mujeres, niños, viejos... Fueron invitados a repartirse por todo el perímetro del mercancías, vagón a vagón.

  • "¡¡¡ Empujad con todas vuestras fuerzas !!!" –ordenó el madrileño-.
  • "¡Mamma mía! –se desternillaba Don Ciccio-. "¡¡¡ Per Il Commendattore !!! ¡¡¡ Che stupido, ma non e possible !!!"

Haciendo caso omiso a las burlas de Don Ciccio, todos agarraron salientes o topes de vagón y empujaron apoyándose en las traviesas de la vía con todas sus fuerzas.

  • "¡¡¡ Io non credo !!! ¡¡¡ Molto imbéccile !!!" –morían de la risa Don Salvatore y Don Ciccio-.

Efectivamente, el gigantesco mercancías diésel no se movía ni un milímetro a pesar de los titánicos esfuerzos de sus viajeros: era inútil, imposible desplazar cincuenta vagones y su locomotora con el sólo esfuerzo de unos pasajeros...

Cuando más agotados y más sudorosos estaban, casi a punto de cejar en su empeño, sucedió una escena curiosa.

Un muchacho de los que miraban se acercó y, conmovido del esfuerzo y la fe de aquellas personas, decidió empujar también.

Y luego se unieron otros dos.

Después se animaron cinco más.

Y cien más.

Y quinientos.

¡Y MILES!

¡TODA LA MUCHEDUMBRE QUE LOS MIRABA HABIA DECIDIDO AYUDARLES! ¡TODO EL PUEBLO ESTABA CON ELLOS!

Don Ciccio cortó sus carcajadas en seco. Echó a correr hacia ellos, bastón en ristre.

  • "¿¿¡¡Che cosa fare, insensato!!??" –gritó alarmado- "¡Quiet! ¡¡¡Pace di dejadles!!!"

Pero no puedo evitar que el gran mercancías diésel se viese envuelto, cual hormiguero humano, en miles de personas que tiraban de él hacia delante con todas sus fuerzas.

Eran tantos y empujaban con tanta fe... que las ruedas del MAJESTUOSO MERCANCIAS DIÉSEL comenzaron milagrosamente a chirriar.

Al principio muy despacio... pero luego, muy poco a poco con más velocidad, y más, y más y cada vez más, hasta casi alcanzar el paso de una persona. El maquinista madrileño montó de un salto en la locomotora... y una enorme columna de humo negro brotó de la chimenea del mercancías:

¡HABÍA ARRANCADO OTRA VEZ!

  • "¡Pasajeros al tren!" -gritó contento a su gente en el exterior-.
  • "¡Nos vamos: tenemos un largo camino que recorrer!" –añadió Fabrizio eufórico, agitando una bandera roja y blanca que había encontrado.
  • "¡¡¡Maldizione!!! ¡¡¡Me cago in la latte!!! ¡¡¡Una grande merda!!!" –se desesperó Don Ciccio tirando su sombrero al suelo y pisándolo con furia-.

Los miles de nuevos amigos que habían ayudado al mercancías diésel (algunos dicen que más de 8.000) saludaron con una sonrisa y una gran pañolada la marcha del gran mercancías. Sabedores de la escasez de víveres del tren al habérselo contado sus propios pasajeros mientras empujaban, les arrojaron cientos de bolsas con comida y botellas de vino del lugar por las ventanillas. Quesos, salchichones, pan... todo volaba hacia el tren.

  • "¡¡¡Ritorno al nostro trene della benzina!!!" –le chilló Don Ciccio a Don Salvatore, iracundo-. "¡¡¡Seguiamo a che tengan difficolta otra ve!!!"
  • "¿Qué tren...?" –le preguntó el último viajero que subía al diésel por las escalerillas antes de desaparecer en su interior, con una extraña mueca de satisfacción-.

Don Ciccio no entendió la pregunta... hasta que giró la cabeza... y pudo contemplar horrorizado cómo su hermoso tren de gasolina se empezaba a desplazar marcha atrás sin gobierno, vacío en su interior, en dirección a una vía muerta.

Alguien debía haberle quitado el freno y le había alterado la vía en la que estaba, en el cambio de agujas, por una sin servicio... aquella que se adentraba en un profundo pantano. Don Ciccio y Don Salvatore corrieron hacia él desesperados; pero ya era tarde.

Cuentan los de aquel pueblo que se formó tal oleaje, que parecía que había llegado el mar a ésta comarca de interior. Se inundaron los campos cercanos hasta un kilómetro a la redonda y se encontró el bote de Valentino, el barquero, subido en el techo del establo del alcalde...

Mientras, el MAJESTUOSO MERCANCÍAS DIÉSEL se alejaba con aplomo en la distancia hacia orografías más favorables, cargando bien sus baterías por las abundantes pendientes a favor que ahora ya sí le salían al paso.


"Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia"



 
 
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